Ricardo no sabe improvisar
30/09/07
Despertó con las chispas del sueño apagándose entre sus párpados. Había soñado un sueño que conocía. Conocía que ese sueño marcaba su vida. Vivía de un sueño que se parecía a la realidad.
Como era de esperar, despertó de repente. Sacudió los rescoldos de sueño de su cabeza y abrió sus ojos. Unos tímidos rayos de luz invadían la habitación haciéndola un poco más visible que hace unos minutos. Se sentó en la cama y repasó su sueño hasta encontrar algo que no recordó. Sólo entonces pudo levantarse y salir de la habitación.
La vida atormentada de Ricardo
aparentaba normalidad. Su mundo paralelo de sueños y sus eternos
arrepentimientos no parecían hacerse presente en sus rutinas diarias. Después
de soñar por tiempo indefinido, despertaba, desayunaba y tomaba el tren rumbo a
la universidad. Sus estudios de física no lo ayudaban a interpretar la razón de
sus sueños pero sí hacían que los viera como algo especial, como algo en qué
pensar, algo por lo que vivir.
Subió hasta el segundo piso y la vio
en el balcón, como todos los jueves. La miraba mientras caminaba, la comparaba
con aquella en sus sueños y no había duda: era la misma. Había sido siempre la
misma desde que la empezó a soñar tres meses, una semana y dos días atrás cuando
la despidió bajo la lluvia inclemente de aquella tarde de mayo en la que se
quedó tatuada por siempre en la película de su memoria.
La saludó, se colocó a su lado y
esperó que ella pronunciara las palabras que había pronunciado tiempo atrás
mientras Ricardo soñaba. Sus conversaciones ya habían sido hechas en sus
sueños, los acontecimientos del día ya él los conocía pero siempre había algo
que cambiaba, algo que sólo ocurría en sus sueños. Más allá del tormento de su
subconsciente, vivía en búsqueda de ese punto que escapara del área común entre
la realidad y la fantasía. Sabía que existía porque sus sueños nunca terminaban
como la realidad, pero le era imposible conseguirlo. Había una parte de ese
libreto predestinado que él o ella no seguía.
La relación entre Ricardo y Adriana
iba más allá de una simple amistad. Él lo sabía por sus sueños y ella, en
cambio, por la realidad. No obstante Ricardo todavía no conseguía el valor
necesario para decirle a Adriana lo que sentía por ella. Se conocían desde hace
algunos años y jamás pensaron en ser algo más que conocidos hasta el día en que
hablaron por largas horas en un ascensor atascado de la vieja biblioteca.
Adriana no creía en casualidades y tan pronto como lograron salir del ascensor
le dejó entender a Ricardo lo que quería. Esa noche, mientras la soñaba por
primera vez habría de entender lo que ella le quiso decir.
Como era costumbre al mediodía,
fueron a almorzar juntos. Ricardo conversó de memoria respondiendo de la misma
forma en que ya había respondido en su mente. Las conversaciones del mediodía
eran fáciles de recordar. Hablaban de las noticias del día, de las actividades
de la semana, los planes para el fin de semana, de la comida e incluso hablaban
de ellos; de su relación, pero no con la misma intensidad con que lo hacían en
la noche, antes de despedirse. Ricardo solía acompañar a Adriana hasta su casa.
Justo antes de llegar hablaban de nuevo acerca de ellos, pero en esa ocasión la
conversación no estaba tan clara como la del mediodía. Ricardo no lograba
recordar bien lo que tenía que decir ni lo que ella debía responder. Al final,
la conversación no llegaba a nada, igual que su relación. Era eso, y no sus
sueños lo que lo atormentaba en realidad.
Esa noche cenó de pie y con prisa
para no perderse el partido de tenis. Apagó las luces, coloco su celular en
silencio y se acostó. En ocasiones había deseado no soñar más con ella;
deseaba, en realidad, dormir y no soñar o simplemente no dormir. Era
inevitable; el cansancio de su cuerpo alimentaba el motor que hacía girar la
película de sus sueños. Cerró sus ojos, apagó su mente y allí estaba otra vez,
viviendo en su sueño la realidad.
Caminaba hacia ella que se
encontraba nuevamente en el balcón. Ella vestía de negro y se había colocado
los zarcillos que su madre le había traído de su último viaje. Bajo su brazo
cargaba el libro de física que debía entregar en la biblioteca y con una mano
sostenía la minúscula cartera que siempre la acompañaba. Apenas lo vio, dibujó
una sonrisa y acomodó un grupo de cabellos inquietos que le acariciaban la
mejilla. Ricardo se acercó, la saludó y le dijo algo acerca de sus zarcillos a
lo que ella respondió: "Sé que no me combinan, pero me quedan bien".
En realidad, Ricardo no soñaba con lo que decía, sino con lo que le decían.
Luego de haberse despertado, sólo recordaba las frases de Adriana mas no las
que él mismo había pronunciado. Esa noche soñó otra vez con la despedida frente
a la puerta de la casa de ella. Salieron del carro y se sentaron en las
escaleras que reflejaban la luz azulada de la luna. Ricardo sabía que faltaba
poco para que el sueño se acabara. Trató de recordar tanto como fuera capaz
pero la mirada de Adriana se desvaneció en la oscuridad que terminó
convirtiéndose en el color gris del techo de la habitación.
Despertó una vez más con el libreto
de lo que tenía que decir hasta justo antes de despedirse. Pero esta vez
despertó cansado de esa situación, harto de tener que lidiar con una extraña
forma de destino. Se levantó rápido de la cama, se vistió, comió y salió hacia
la universidad. Llegó una hora antes de lo acostumbrado. Sabía que ella no
podía haber llegado a esa hora; tenía firmes intenciones de burlar al guionista
de sus sueños pero la silueta esbelta de Adriana en el balcón lo hizo entender
que sería una tarea difícil, si es que no era imposible. La saludó y trató de
no comentar acerca de sus zarcillos. No obstante una de las primeras cosas que
ella dijo fue: "Sé que no me combinan, pero me quedan bien". Trató en
todo el día de evitar preguntas que condujeran a las respuestas soñadas pero
fue en vano. Las horas pasaron, la luna suplantó al sol y se encontraban otra
vez en las escaleras azuladas.
Ahora estaba allí, en el único
momento en el que podía escaparse de las líneas de su libreto. Se sentó en el
quinto escalón y esperó a que ella hablara.
- Hoy has estado extraño
- ¿Por qué lo dices? -respondió
Ricardo
- No te fijaste en mis zarcillos
-dijo Adriana-, siempre lo haces.
- Sí me fijé pero no te quise decir.
- ¿Por qué? -preguntó Adriana-, estaba
esperando que lo hicieras.
- Decidí hacer algo distinto -dijo
Ricardo mientras fingía una sonrisa.
Adriana lo tomó de la mano y le
dijo: “ayer soñé contigo”. Ricardo sintió que una gota de sudor bajaba desde su
cuello a través de su espalda. Miró a Adriana tratando de buscar las palabras
para terminar con el silencio pero fue en vano. Entonces ella le sonrió y le
dijo: “Creo que no eras tú el de mi sueño. Él ya hubiese respondido.” Fue ese
el momento en que Ricardo comprendió que ella tenía las palabras que a él le
faltaban. Pero seguía ahí, estático, sin completar una frase, sin hacer un
sonido. Ella sabía de memoria la parte del libreto que él no tenía. Se esforzó
por decir algo pero al final se quedó ahí, mudo, pálido, inmóvil, inalterable
con la mueca de tristeza indeleble que dejaba entrever que Ricardo nunca supo
improvisar.
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